LA PROFESORA DE YOGA DE MI MUJER


Esto que voy a relatar no ha pasado hace más de dos años. Por más que quiero no me lo quito de la cabeza. Se trata de Bea, la profesora de yoga de mi mujer. Bea es una mujer de 42 años, pero que los lleva muy bien. Es ese tipo de personas que gracias a su vida sana no aparenta la edad que tiene, pero además, la naturalidad con la que lleva su vida hace que la haga una mujer especial. Mide alrededor de 1,65. Es morena, con unos ojos normalitos. Sus pechos son más bien pequeños y no utiliza sujetador, lo que hace que cuando está en camiseta se marquen tal y como son. El culo de Bea tengo que decir que es su punto fuerte. Un culo redondeado de tamaño medio. Las mallas que utiliza así lo muestran.

El caso es que por un estado de ánimo bajo que padece decidimos acogerla en nuestra casa por unos días, para que se distrajese. De las dos habitaciones que dispone nuestra casa la alojamos en la que nos queda libre. En esta habitación tengo yo el armario con mi ropa, así que cada noche sacaba lo que necesitaba para el día siguiente para no molestarla. Como era verano y hacía calor, la ropa que sacaba eran camisas de manga corta y pantalones finos.

Al tercer día de su estancia aquí, ya sentía una extraña sensación. Notaba que ella me atraía, y no porque ella hiciera nada en especial, sino porque poco a poco la iba conociendo mejor, cómo se movía, cómo hablaba, cómo me miraba. Aquella mañana no tenía la ropa preparada de la noche anterior, por lo que para vestirme tuve que entrar en la habitación, sin hacer ruido para no despertarla. Al abrir la puerta del armario se encendió la luz de cortesía que tiene. Es una luz muy tenue que no molesta nada, pero que es suficiente para ver la ropa del armario. Esta luz ilumina suavemente el resto de la habitación. Fue en el momento de abrir y coger la camisa cuando me fijé en la cama. No podía creérmelo, Bea estaba dormida encima de la cama y totalmente desnuda. Me quedé un poco avergonzado y aparté la vista, pero aquella imagen no se me borró de la cabeza en todo el día. En el trabajo recordaba su suave piel sobre la colcha de la cama, los libres pechos rosados y de una forma perfecta, el vello del pubis ligeramente recortado. Quizás fueran décimas de segundo, pero esa imagen me duró en la retina las ocho horas que duraba mi jornada. Naturalmente me producían una erección casi inmediata cada vez que me imaginaba tocar esos pechos, ese culo, acariciar su sexo.

Antes de salir del trabajo me llamó mi mujer diciendo que tenía un curso en la capital y que no pasaría a comer por casa, pero que tendría a Bea esperándome para comer juntos. Cuando llegué a casa, efectivamente mi mujer no estaba. Sin embargo encontré la mesa preparada. Bea me estaba esperando para comer. Había preparado una ensalada hindú y unos rollitos que había hecho ella misma. Llevaba una de mis camisetas. Le quedaba un poco grande, pero le servía de vestido. No me molestó. Incluso le dije que le sentaba muy bien. Ella se rió, no sé si con vergüenza o sin ella.

Todo estaba muy bueno y la felicité por su trabajo. Después de comer nos enredamos en una conversación sobre las lesiones que se producen en el deporte. Le indiqué que tenía una contractura en la espalda debida a mis abusos encima de la bicicleta. Ella me dijo que con un buen masaje se podría aliviar el dolor y así se lo confirmé, ya que iba a un fisioterapeuta semanalmente.

– Pero cómo pagas porque te den un masaje si puedo dártelo yo gratis, me dijo.

Yo le dije que no sabía que daba masajes, a lo que me respondió que tenía estudios es osteopatía. La verdad es que yo no andaba muy vivo en las respuestas porque me la estaba imaginando encima de la cama, desnuda, como la vi esa mañana. Y la verdad que los pezones que se marcaban a través de la camiseta moviéndose como dos flanes no me dejaban mucho a la imaginación.

– Mira vamos a hacer una cosa, me dijo, me voy a duchar y te voy a dar un masaje que no olvidarás en la vida.

Yo accedí y esper&

eacute; en el sofá a que terminara de darse la ducha. Cuando salió el corazón me dio otro vuelco. Bea había salido del baño, envuelta en una nube de vapor, con una toalla por delante, y cuando la vi alejarse hacia la habitación vi su redondo y tieso culo moviéndose a cada paso, desnudo. La verdad es que tenía un tipo de quitar el hipo. Esto me había causado una erección importante que impedía que me pusiera de pie, ya que llevaba un pantalón de chándal bastante suelto. Bea llegó antes de que la hinchazón bajara del todo y me dijo que me pusiera de pie. Llevaba un vestido corto que le llegaba a media pierna. Como siempre se le notaba que no llevaba sujetador. Bufff, pensé, que no se dé cuenta. No se la dio.

Se colocó detrás de mí y me dijo que juntara las piernas. Las manos las tenía que tener en lo alto. Coge mis manos y poco a poco me dice que me vaya inclinando hacia delante. Cuando ya estoy a 90 grados del suelo noto sus pechos descansar en mi espalda. Con las manos me indica que vaya bajando más y más hasta tocar con las palmas de la mano en el suelo. Recorre mis vértebras con los dedos para localizar la contractura. Mi cabeza está entre mis sodillas y desde allí veo perfectamente cómo las esbeltas piernas de Bea desaparecen entre los pliegues del vestido. A estas alturas yo solo pienso en tocarla, pero me da mucho palo.

Localizada la contractura me invita a que me tumbe boca a bajo en el sofá. Ella se coloca a un lado, de rodillas en el suelo. Allí se siente incómoda.

– Mira, no lo suelo hacer a menudo, pero en este caso vamos a hacer una excepción. Y se coloca encima de mí sentada sobre mi culo. Me quita la camiseta para poder masajearme la zona dolorida. Para ello utiliza una crema de manos. Noto perfectamente a través de mi pantalón de chándal cómo tiene apoyado su sexo encima de mi culo. Con gran agilidad mueve sus manos sobre mi espalda para calentar la zona. Una vez que la crema está completamente esparcida comienza a darme un masaje más fuerte. Vigoroso. La verdad que parecía una chica que pudiera tener tanta fuerza. Los movimientos que daba con sus manos hacían que todo su cuerpo se moviera, incluido su entrepierna.

Notaba su sexo moverse hacia delante y hacia atrás, frotando mi culo. Sentía cómo iba poniendo cada vez más presión en mi culo. Ya no notaba casi el masaje, sino que únicamente sentía ese lascivo movimiento sobre mí. Sus manos solamente hacían una maquinal trayectoria. En ese momento me di cuenta de que Bea se estaba masturbando descaradamente sobre mí, pero me daba no sé qué impedírselo, quizás por vergüenza o quizás porque realmente me estaba haciendo un masaje. El caso es que su respiración era cada vez más rápida y profunda y sus movimientos pélvicos cada vez más largos. Ya me recorrían todo el culo.

No podía ver su cara. Ni quería. Sin más me dejaba ser utilizado. Al de un rato de rápidos movimientos noté cómo sus uñas me arañaban la espalda a la vez que el movimiento de las manos se detenía. Ahora tenía prácticamente todo el peso de su cuerpo sobre mi culo. La presión del clítoris debía ser total, pensé. Estaba claro que aquello era un orgasmo. Un largo orgasmo. No emitió ni un solo ruido, ni un gemido mientras duró aquel masaje. Cuando sus efectos se pasaron, sencillamente me dijo, ya está. Se levantó y se fue al baño. Al salir me dijo que a ver qué tal me sentía. Tenía la cara mojada, de habérsela aclarado con agua, pero su color era más rojizo de lo normal.

– Pues me encuentro bien, dije tímidamente.

– Bien, mañana si tenemos tiempo repetiremos entonces. Ahora tengo que salir a hacer unos recados.

Nos despedimos con un hasta luego y me dejó solo en casa. No sabía cómo reaccionar. Por un lado me sentía utilizado, ya que había utilizado su cuerpo para masturbarse con descaro, pero por otra parte estaba terriblemente excitado. Tuve que masturbarme pensando en ella para bajar aquella hinchazón que me había producido. Cenamos los tres juntos. Ella actuaba como si realmente lo único que hubiera pasado fuese el masaje que me dio. Incluso se lo dijo a mi mujer. Tuve que fingir que había estado bien, aunque realmente había sido de gozada. Con ansias esperaba que llegara el próximo día para otro masaje.

Esa noche no reservé l

a ropa, deliberadamente. Quería volver a verla desnuda. A la mañana siguiente, cuando entré en la habitación, también silenciosamente, volví a encontrarme con Bea desnuda sobre la cama. Esta vez estaba boca arriba y tenía las piernas ligeramente abiertas. Podía ver perfectamente, con la luz del armario, la forma de su sexo. Me excité muchísimo. Ella estaba completamente dormida. Se notaba en su profunda y lenta respiración. Decidí cambiarme allí mismo de ropa para dejarlo todo recogido. Me desnudé, todo esto mirándola a ella. Estaba completamente desnudo, con la polla completamente erecta, palpitando. Estaba muy excitado por la situación.

Me acerqué a ella y contemplé toda la extensión de su cuerpo sin miedo a que me descubriera. No lo hizo. De mi pene pendía un hilillo viscoso. Tenía muchas ganas de masturbarme, y así lo hice. Al principio cogí con suavidad mi pene y empecé a masajearlo mientras me imaginaba acariciando esa tersa piel. Su respiración era lenta. La mía cada vez más rápida. Notaba que estaba a punto de caramelo. La excitación era enorme. Me arrodillé cerca de sus pies. Tenía mi cara a escasos centímetros de su sexo. Podía sentir cómo olía. Me excitaba aún más. Daban ganas de tocarlo, de chuparlo, pero no podía. Veía cómo de su sexo también se escurría un líquido brillante. Eso le daba una apariencia fresca, jugosa, caliente. Cuando ya notaba que me venía me puse de pie. En ese momento no pude controlar mi eyaculación y llegué al orgasmo.

Fue silencioso, pero muy rico. El caso es que mi semen había quedado esparcido por el cuerpo de Bea, por su vello púbico, por su vientre, por uno de sus pechos. No podía quitárselo porque lo descubriría, así que terminé de vestirme y salí de la habitación, exhausto y bastante asustado. Y qué pasa si se entera que me he corrido encima de ella y se lo cuenta a mi mujer. El caso es que esa idea no me abandonó en todo el día.

Llegué a casa al medio día, y allí estaban mi mujer y Bea. La primera mirada me confirmó que no sabían nada, o por lo menos Bea no se lo había dicho a mi mujer. Bea por su parte no exteriorizaba nada que pudiera dar a entender que se había despertado con un chorro de semen encima. Eso me tranquilizó y me ayudo a comportarme de una forma más natural. Mi mujer trabaja también a la tarde y después de comer mi mujer nos preguntó que qué íbamos a hacer esa tarde. Antes de que yo pudiera decir nada Bea se adelantó confirmando que tenía que darme la segunda parte del masaje. Esto lo dijo mirándome como pidiendo consentimiento, un consentimiento que no tardó en salir de mis labios.

Cuando mi mujer nos dejó solos, continuamos hablando en el comedor un rato. Me dijo que antes de darme el masaje necesitaba de mí para que le echara una mano, pero que no se atrevía a pedírmelo. Yo dije que estaba dispuesto a ayudarla sin saber a qué se refería. Ella me dijo que antes de responder definitivamente debía escuchar de qué se trataba. Era algo que normalmente solía hacer en un local especializado, pero que tenía la urgencia de hacerlo ahora y para ello necesitaba la ayuda de otra persona.

– Mira, me dijo, yo soy bastante liberal y lo que te voy a pedir quizás no entre dentro de lo que es decoroso para ti, pero aún así te lo voy a pedir porque realmente lo necesito. No soy vergonzosa ni mucho menos, pero puede que a ti te asuste.

– Bueno, dime entonces de qué se trata y veré si puedo ayudarte. Si no es así ya encontraremos la forma de solucionarlo, le dije con miedo.

– Pues verás, y ni corta ni perezosa se quitó por la cabeza el vestido que llevaba, quedándose solamente con unas simples bragas, de esas de cadera baja. El vello del pubis salía por la parte de arriba traviesamente.

El caso que yo suelo estar rasurada, pero hace tiempo que no lo hago y me siento un poco incómoda con este vello. Además se me ha hecho un nudo esta noche y no puedo soltarlo. Me dijo acariciando el pelo que asomaba. Ella contempló mi reacción. Me costaba tragar saliva y se dio cuenta de ello, pero esperó a que le preguntara en qué consistía mi ayuda.

– Pues necesito que alguien me rasure porque no soy capaz de hacerlo sola. Lo necesito como el comer, pero si esto te incomoda ya me buscaré la vida.

– Bueno, la verdad que no lo he hecho nunca y no sé si seré capaz, y además tendré que verte…..le adelanté, quedándome sin palabras para describir su sexo.

– No te preocupes, siempre será mejor que si lo hago yo misma y además ya te he dicho que no me importa, para mí es algo natural.

Cerramos el asunto con un de acuerdo.

– Bien, vamos al salón allí estaremos más cómodos, me dijo.

Preparamos el sofá para no manchar nada. Yo estaba bastante nervioso. Ella sacó lo necesario para el rasurado, espuma y una maquinilla de afeitar para mujeres. Se sentó encima de la toalla que cubría el sofá, con las piernas colgando y el culo lo bastante cerca de la punta del sofá como para dejar el sexo libre. Cuando vio que estaba más o menos listo levantó las caderas y se deshizo de las braguitas. Yo ya estaba completamente erecto. Esta vez sí se dio cuenta y me dijo, tranquilo, tú también me excitas. Lejos de tranquilizarme eso me puso más nervioso todavía. Me arrodillé delante de sus piernas. Volvía a ver ese bonito coño, pero esta vez bien abierto, a escasos centímetros de mi cara. Ella tenía la cabeza apoyada en el respaldo del sofá. Me miraba fijamente.

– ¿no ves? Se me ha hecho un nudo aquí, mira.

Pronto me di cuenta de que se trataba del semen que había esparcido encima de ella esa misma mañana. Por suerte no lo relacionó. Con los dedos me indicó lo que tenía que rasurar. Era todo. No debía dejar ni un solo pelo en ese pubis, ni siquiera el vello que rodeaba su sexo. Al parecer debía llegar hasta el ano.

– No sé si podré, le dije con una voz sorda. Me costaba tragar saliva.

– Tranquilo, yo te iré indicando, verás que es más fácil de lo que parece. Primero debes echar la espuma.

Cogí un poco de la espuma que ella había echado sobre la palma de su mano y tímidamente la fui esparciendo por la parte superior del pubis. La verdad que tenía mucha vergüenza. Ella me dijo si iba a estar esparciendo toda la tarde la espuma por esa zona. Cogió mi mano, y como si fuera una brocha la fue moviendo hasta que la espuma cubrió todo su monte de venus. Volvió a untar mis dedos en la espuma de su palma y me dijo: ala, ahora el resto, que yo no llego. Con cuidado de no tocar su sexo fui rodeándolo hasta dejar prácticamente todo el vello cubierto.

– Y ahora con cuidado pasa la maquinilla.

Con la mano libre fui pasando la cuchilla primero por la parte de arriba de su sexo. Cortaba bastante bien. Creía que el pene me iba a reventar. Su cuerpo me volvía loco, pero allí estaba para afeitarla y no para otra cosa. Es liberal, pero no una puta, pensé, por lo que si intento pasarme me va a recriminar. Abandoné la idea de hacer nada y me concentré en lo que estaba haciendo.

– Lo estás haciendo muy bien. Ahora te queda el resto.

Me quedaba esa peligrosa parte, la que rodeaba sus labios. El clítoris hacía tiempo que lo tenía visiblemente erecto. Parecía la punta de una lengua, en la boca de alguien que se está afeitando. Como tenía las piernas bastante abiertas para dejar sitio a mi cuerpo se veía con claridad la entrada de su apretada vagina. El líquido que salía de su sexo se mezclaba con la espuma en la parte baja de sus labios. Con la mano pringada de espuma aparté los labios a un lado para no lastimarla con la cuchilla. Era mi primer contacto con su sexo. Pasé la cuchilla y todo fue correctamente. Ahora quedaba el otro lado. Volví a hacer lo mismo, pero esta vez, al apartar a un lado el otro labio el dedo se me escurrió por culpa de la espuma y fue a parar directamente a la abertura de su sexo. Dio un pequeño respingo.

– Por ahí no chaval, todavía no.

No entendí aquellas palabras. Cada uno que piense lo que quiera. Le perdí perdón, que había sido culpa de la espuma. Ella lo comprendió y me dejo hacer. Estaba completamente sudado. La tensión era muy grande. Me quité la camiseta. Ya quítatelo todo, me dijo, así estaremos igual y más relajados. Fui reacio a hacerle caso, pero al final accedí. Fuera de su vista me quité los pantalones del chándal junto con los calzoncillos. Mi pene estaba completamente húmedo y tieso como un mástil, pero fuera de su vista. Solamente me quedaba la parte de abajo, la que roza la parte del ano, la más inaccesible para mí.

Como pude metí la cuchilla con

cuidado pero sin darme cuenta de que los nudillos tocaban descaradamente la extensión de su sexo. La concentración que ponía en el paso de la cuchilla y la humedad del sexo de Bea hizo que no sintiera el roce. Pero Bea sí lo notó. Al ser la parte más complicada me entretuve bastante en ella, prolongando el masaje que le estaba dando. Al terminar el trabajo me di cuenta de que tenía los nudillos completamente húmedos. Lo relacioné con su sexo y cuando iba pedir perdón porque no me había dado cuenta me dijo: – No te preocupes, ha estado bien.

Avergonzado pasaba la toalla por las zonas en las que aún quedaba espuma. El trabajo había sido perfecto. Parecía el coño el una niña pero en el cuerpo de una mujer, una mujer que me volvía loco.

– Muy bien, ahora la crema hidratante.

Cogió mi mano y la embadurnó con bien de crema. Se suponía que se la tenía que aplicar por su pelado sexo. Así lo hice. Como anteriormente comencé por el monte de venus y seguí por el resto. Esta vez con menos contemplaciones. Pasaba mi mano a lo largo de su sexo, aplicando crema a la vez por los dos lados. Podía decirse que ahora sí sentía que la estaba metiendo mano. Era un manoseo discreto, sin tocar directamente el interior de su sexo, pero pasando mis dedos a escasos milímetros de él.

Se terminó de esparcir la crema, pero antes de que dijera nada se me volvió a adelantar y puso más crema sobre mi mano. La miré con extrañeza pero ella ya había puesto mi mano sobre su monte púbico y me ayudó a extenderlo. Esta vez puso mi mano directamente sobre la humedad de su sexo. Movía mi mano arriba y abajo mientras la crema se extendía por el clítoris, labios, vagina. Dejó de hacerlo cuando yo cogí el ritmo. Movía la mano en el mismo sentido que ella me había indicado, mezclado sus jugos con la crema. Cuando llegaba a la parte de arriba hacía círculos encima del clítoris. Esto le gustaba. Mi pene quería eyacular ya, pero no me atrevía ni a tocármelo. Ella suspiraba y se acariciaba los pechos. Los masajeaba suavemente primero y más descaradamente después. Sus naturales y maleables senos se adaptaban a cada caricia, a cada masaje. No me quitaba el ojo de encima.

Miraba la cara que ponía y el movimiento de mi mano sobre su entrepierna. Aceleré el ritmo. Ya no hacía falta más crema. Tenía la mano empapada en sus jugos. Me brillaba. Notaba claramente la hinchazón de su clítoris y la depresión de la entrada a su cueva. Ella alimentaba la sed de mi mano. Su respiración se hizo más y más fuerte hasta que la vi coger aire profundamente y me indico con su mano que parara los movimientos. Quedó con los pulmones llenos de aire un rato largo mientras arqueaba la espalda y cerraba los ojos. Todo esto sin hacer ni un solo ruido, sin emitir ningún gemido. Había vuelto a llegar a un orgasmo conmigo. Y con la misma naturalidad y frialdad que el día anterior me dijo, ya está, muy bien. Se levantó y se metió en el baño. Me dejó desnudo de rodillas en la alfombra y con el pene a punto de estallar, chorreando hilos de líquido.

Salió al de un rato. Seguía desnuda. Bufff, vaya cuerpo, pensé, y hace un rato ha estado a mi alcance. Eso alimentaba mi excitación. Nos quedamos mirando un rato y me dijo: ahora el masaje. Para masajes estaba yo. Me puso boca abajo. Tuve que colocar mi pene para no hacerme daño. Como el día anterior se colocó encima, pero esta vez notaba su húmedo sexo, sin barreras, encima de mi nalga. Como el día anterior comenzó el masaje, al principio suavemente y luego más y más fuerte. Cuando ya hubo calentado la zona y cuando mi pene empezaba a desfallecer empecé a notar otra vez el movimiento masturbatorio del día anterior.

La humedad de su sexo enfriaba mi nalga. Cuando ya pensaba que iba a acabar como el día anterior me dijo: date la vuelta un momento. Sin dudarlo lo hice. Me ayudó al levantarse un poco. Cuando volvió a descender colocó su sexo justamente encima del mío. Vaya impresión que me causó. Notaba cómo mi glande se escurría entre su sexo y asomaba hacia mi obligo. Con sus manos masajeaba mis pechos, suavemente.

Empezó a mover sus caderas hacia delante y hacia atrás ayudada de la lubricación de ambos sexos. Aplicaba la longitud de su sexo sobre la longitud del mío con gran maestría. Tenía

el pene completamente untado en sus jugos, y eso hacía que el roce fuera cada vez más rápido. Los pechos de Bea se movían libremente a un lado y a otro, al alcance de mi mano, pero mi postura era mantenerme pasivo y dejarme hacer. El glande asomaba entre los pelados labios de Bea. Parecía una niña, pero tenía la maestría de una diosa. Tenía cara de mujer viciosa, de que le gustaba el sexo. Su pelo húmedo por el sudor le colgaba por encima de los hombros.

Veía cómo mi glande frotaba su clítoris, húmedos ambos. No podía aguantar más. Notaba que me corría y ella se percató de ello. Aplicaba unos movimientos cada vez más rápidos. Perdí el control y agarré las caderas de Bea para sentir mejor la presión de su sexo sobre el mío. Ella me dejó. Empecé a mover la pelvis y a ella no le importó. Cuando ya no podía más me corrí.

Ella seguía con sus movimientos mientras no paraba de salir leche de mi pene. Esto hizo que todo nuestro sexo quedara pringado de semen. Pero ella quería correrse de esta manera y no paró hasta que otra vez, parando el movimiento de caderas, arqueó la espalda, contuvo aire en sus pulmones durante unos segundos y se desplomó sobre mí.

No me sorprendió que con la misma frialdad de siempre, como si hubiese sido un ejercicio de gimnasia, se levantó y me dijo: ha estado muy bien, espero que el dolor de tu espalda se haya pasado. Mañana más. Y se metió en el servicio a darse una ducha. Tenía todo el vientre de semen y sudor mezclado. El sexo húmedo con los jugos íntimos de Bea. Estaba exhausto. No había habido penetración, pero como si hubiese existido. La maestría de Bea había hecho que una paja como aquella se convirtiera en la mejor relación sexual que había tenido hasta entonces. Cuando Bea salió del baño, como casi de costumbre, me dijo que salía a hacer unos recados. Me quedé solo en casa. Me duché y me metí en la cama. Era viernes por lo que el día siguiente no tenía que ir a trabajar. Cuando llegó mi mujer yo ya estaba dormido. No me preguntó que me pasaba. Mejor, no habría sabido qué decirle. Se debieron de quedar ella y Bea hablando hasta las tantas porque mi mujer llegó a las tantas a la cama.

A la mañana siguiente me encontré una nota. Era de mi mujer. Había quedado con unas amigas para pasar el fin de semana. No me lo había dicho el día anterior por no despertarme. Me pedía que animara a Bea, ya que estaba pasando un mal momento. No conseguí imaginar cómo debían de ser los buenos momentos de Bea. Me preparé un café con leche. Bea todavía dormía. Hacía calor y solamente llevaba unos calzoncillos y una camiseta vieja de tirantes. Distraído en mi desayuno apareció Bea, otra vez desnuda, y por raro que parezca no me acostumbraba a verla en ese estado. Me regaló una sonrisa con su buenos días y entró en el baño. Al de un rato volvió a aparecer. Seguí tal y como dios la trajo al mundo. Se preparó el café con leche, lenta y sensualmente, sin perder detalle en lo que estaba haciendo. Realmente sabía comportarse con naturalidad al enseñar su cuerpo desnudo. Yo no sabría hacerlo.

Se sentó al otro lado de la mesa. Sus pechos quedaban a mi vista. Bebí un poco de café.

– Parece que nos hemos quedado solos, dijo.

Asentí con la cabeza. Me daba miedo pensar lo que tramaba cuando vi que miraba a ninguna parte.

– ¿qué te apetece que hagamos Bea? Le comenté inocentemente.

– Disfrutar de la vida, me respondió sabiamente. Para empezar quisiera hacer mis ejercicios diarios de yoga. Después de eso lo que tú quieras.

No me pareció mal. Se fue a la alfombra del salón. Es mullida y hay sitio suficiente como para poder hacer sus ejercicios sin chocar con nada.

– Lo mejor es practicar el yoga sin ataduras, libremente. Dejando que el cuerpo adopte las posturas sin impedimentos. Se refería a la ropa, por supuesto. Ella hacía yoga desnuda.

Me senté en el sofá para ver cómo lo hacía. El yoga me importaba un pimiento. Lo que buscaba era recrear mis pensamientos con sus movimientos. Lentamente empezó a coger aire y a realizar sus ejercicios diarios. Su cuerpo se movía armoniosamente, siguiendo un hilo, una continuidad. Todo esto muy lentamente mientras cogía y expulsaba el aire. Arqueaba

la espalda echando la cabeza hacia atrás, dejando que su negra melena rozara su culo, haciendo que sus pechos se crecieran y su cintura se estrechara. Volvía a descender poco a poco, vértebra a vértebra, dejando a mi vista ese redondo y suave culo. Así sus pechos colgaban hacia su garganta, libres de cualquier fuerza que no fuera la gravedad. Me di cuenta de que estaba masajeando mi pene, ya erecto por encima del boxer. Era increíble la excitación que esa mujer me daba. Quería penetrarla en ese mismo momento, allí donde estaba, pero algo me lo impedía, quizás el pudor, quizás el respeto.

Me tuve que conformar con sacar el pene por la abertura del boxer y hacerme una paja allí mismo, a escasos dos metros de su rasurado coño. Ella continuaba con los ojos cerrados, realizando sus ejercicios. Se puso a cuatro patas, con el culito mirándome para empezar con el ejercicio que llaman "el gato". Arqueaba la espalda hacia arriba mientras expulsaba el aire lentamente y lo aspiraba mientras arqueaba la espalda hacia abajo, levantando la cabeza y el culo. Esto hacía que su sexo quedara más a la vista, dándome un espectáculo increíble. Repetía una y otra vez ese ejercicio y yo solo veía subir y bajar ese sexo. El mío estaba goteando en mi mano. Tenía la biológica necesidad de correrme. No pude aguantar más, y sin pensar en las consecuencias y sin que ella lo notara me coloqué de rodillas detrás de ella.

Acerqué mi pene a su sexo y esperé a que arqueara su espalda y dejara visible su abertura para introducirle mi pene en su sexo. Hasta el fondo. De un brusco empujón. Ella se sobresaltó, pero no dijo nada. Se limitó a mirarme por encima del hombro y me dedicó una cómplice mirada.

Hecho esto se volvió y siguió con su postura del gato, subiendo y bajando su penetrado coñito. Yo la dejaba hacer. Mantenía mi tieso pene dentro de su ser, dentro de ese sexo húmedo y caliente. Me excitaba ver mi pene dentro de ese coñito, rodeado de un suave y negro vello. Apenas había movimiento de mete-saca. Era más un arriba y abajo. Ella mantenía las rodillas juntas. Yo las tenía a ambos lados de las suyas, dejando que ella se deslizara por mi mástil. Me fui apoyando poco a poco sobre mis piernas de modo que estaba sentado sobre ellas. Esto hizo que Bea tuviera que sentarse sobre mí, apoyando sus manos en mis muslos. Dejó su ejercicio y se dedicó al mío. Ahora cabalgaba sobre mí emitiendo unos gemidos de hembra en celo, caliente, natural.

Con mis manos agarraba sus libres pechos y los masajeaba fuertemente. Los pezones se peleaban por escurrirse de entre mis dedos. No podía aguantar más. La excitación era mayúscula. Tenía que correrme. En el momento que sentí que me venía me incorporé sobre mis rodillas y de una embestida clavé mi semen en lo más profundo de su coño. Sufrí una serie de convulsiones justo en ese momento y esto hizo que ella se corriera en un gran gemido, sordo, pero largo, dejando escapar ese aire acumulado en sus pulmones. Los dos nos quedamos tumbados en el suelo, medio inconscientes y exhaustos.

Y así como lo cuento pasó, hace ya casi 2 años, el primer encuentro con Bea. De los restantes ya daré cuenta en otra ocasión.

Autor: Caracol kokolo52 (arroba) hotmail.com

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