La dama del pubis nevado


pubis blanco

Una mujer madura, sí, pero viva. Tanto como para desear un joven cuerpo y querer sentir su caricia.

Aquella mujer, de pelo cano y cuerpo esbelto, miraba al hombre joven y se le insinuaba desde la altura de sus bien gobernados sesenta años, como si tuviera una fuerza indomable, quizás cierta perversidad de los instintos, reprimidos desde un tiempo muy atrasado. El hall del hotel, a esas horas, estaba relativamente ocupado por gentes que se disponían a ir a cenar, y por ello se dejaba sentir cierto trasegar de personas que líquidamente salían por el cuello de aquella puerta giratoria. Jimena, sin embargo, no quería salir aquella noche. Sus ojos miraban y envidiaban, pero se sentían libres recorriendo el cuerpo de aquel joven negro, musculado, de ojos verdes, cara redonda y nariz prominente que, apercibido de los mensajes que ella dejaba volar en la atmósfera del hotel, se daba un aire de suficiencia que, no obstante, quizás por ese mantener la mirada con la de ella, parecía dar alguna pequeña esperanza. Se siguieron mirando durante algunos minutos. Jimena no se atrevía a insinuar la posibilidad del dinero. Quizás hubiera hecho mal.

Él estaba solo, recién superada una mala historia de amor, probablemente abocado a una locura, quién sabe si definitiva. De pronto, transido por una imaginación caliente, imaginó el coño de aquella mujer de sesenta y tantos años, tan cano como su pelo, tan deliberadamente entregado como se lo imaginaba. La desnudó por un instante. Nunca había chupado un coño gris cano, ni tocado la soledad capilar de ese pubis avejentado, y entregado al olvido. Jimena mantenía el poder de sus nalgas y la memoria de sus deseos. Su vida sexual había discurrido desde cierta monotonía y cierta convencionalidad cansinas. Siempre había querido más, seguramente un miembro fuerte y grande como el que Tomás debía de tener, aún terso y lleno de vida, de juventud.

Tomás siguió mirándola durante aquella fase durante la que un último pitillo rubio consumía el último tiempo en el que había que decidir. Quizás la deseaba, quizás no, quizás estaba solo. Le atraía el pelo nevado de aquella mujer. Jimena se lo acarició desde aquella lejanía, dejó caer la media melena sobre el abismo de aire y, con un movimiento de cabeza preciso y muy escueto, se insinuó, esta vez muy alusivamente. Él apagó el cigarro y la siguió hasta el ascensor. Mientras esperaban a que bajara, a lo mejor porque las damas nunca llevan reloj a esas horas en que quizás se hubiera salido hasta tarde, le preguntó la hora. Su voz cálida y cariñosa, llena de ritmo inundó su rostro como si fuera una gasa que lo envolviera. Era un joven sensual lleno de insinuación. Se abrieron las puertas alejándose la una de la otra, casi de igual manera a como Jimena deseaba que se abrieran las suyas aquella noche. Entraron dentro solos. Sus miradas allí, en aquel reducido espacio, ausentes las demás personas, emergían transparentes, casi diciéndose las cosas con delicuescencia. No pudo evitar observar de reojo la entrepierna de Tomás, de adivinar en los pliegues del vaquero el volumen que esperaba. Miraba prudentemente, algo azorada, casi sin darse cuenta de que Tomás había fingido dirigirse al mismo piso que ella.

Llegaron a la planta novena bajo el vapor de aquella primera intimidad. Se sabían deseados y deseosos. Ella fingió haberse perdido en medio de aquel laberinto de pasillos entrecruzados que hacían confundirse a los clientes nerviosos, y él siguió fingiendo un lugar cercano, la posibilidad de una compañía más prolongada. Algo dentro de aquel cuerpo, ya entrado en el otoño, la hacía sentirse azorada, perdida en un mar confuso. Quizás por eso, al caérsele la llave y recogerla, no se dio cuenta que el joven había dejado que las nalgas de Jimena le rozaran un instante, el suficiente como para enervarse, el justo para que ella sintiera la determinación. Llegaron a la puerta, esta vez sin mirarse, ella sin poder contener la coquetería que, con cierta extravagancia propia de la situación que vivía, se expandía. Abrió con una mano, mientras la otra tomaba a Tomás, quizás para que no huyera, quizás para que siempre estuviera allí, quizás para agarrar aquel tiempo joven que volv&iacu

te;a, justo ahora, cuando su sexo ancho y poderoso, aparecía nevado, blanco que se sobreponía a una piel más oscura.

Tomás no se dominaba. Estaba nervioso porque desconocía este tipo de juego sexual. También un poco asustado, temeroso por no sabía exactamente qué. Ya dentro, cerrada la puerta como una vulva que presiona el pene hermoso que tiene dentro, supo que no podía detener aquella palpitación del corazón. Los ojos de aquel muchacho, puro verdor en medio de aquella corpulenta extensión de piel negra, eran hermosos, tiernos, casi inocentes para ella, habituada a penetrar el alma de los seres desde la primera mirada. Le tomó la mano y la alzó para besarla, para significarle que su actitud no era sucia, sino procedente del fondo de un deseo erótico nunca cumplido, de un deseo que solamente él podía quizás traerla a la realidad. Eres muy joven y hermoso, -le dijo, rozándole el dedo-, qué te ha traído hasta aquí, -siguió preguntando-. Es posible que el dolor, -contestó-, la ausencia de cariño, la necesidad de comprensión, el abotargamiento. Yo te deseo, -dijo ella-, hace tiempo que sueño contigo, con tenerte cerca. Estaban los dos nerviosos, pero hablaban. Quizás yo te haya pintado para la vida, quizás tu nacimiento se deba a que te he imaginado, -prosiguió acercándose, pegándose a su pecho duro-, quizás hoy debas saber algunas cosas.

El calló. Muy al contrario de lo que pensaba, no fue él quien gallardamente llevó la iniciativa de aquella situación. Fue ella, más sabia y más experimentada quien le fue desabrochando aquel suéter celeste que tímidamente dejaba ver la parte final de su abdomen. Le introdujo la mano por la espalda y fue ascendiendo por ella hasta llegar al homoplato, -no importa cual-, marcándole las uñas, hiriéndole un poco, dejándole ver que en aquella mujer aún había fuerza, deseos de dominación. Tomás había adelantado tímidamente el bajo vientre hacía ella, y ahora la rozaba lo suficiente como para que Jimena notara su polla pegada, dura y caliente, dejando emanar un viento dulzón con sabor a piña que la embriagaba. Tomás olía profundamente, como todos los negros, y su sudor, propio del calor y de los nervios, se asemejaba a la cera líquida de las velas que se derriten. Le quitó el suéter y luego le desabrochó el botón del vaquero. No siguió. Solamente introdujo su mano libre por el slip de aquel chico joven y lo tocó con un dedo, rozándolo. Hervía. Su polla hervía, era agua que no se podía tocar. Quizás por eso se quitó la blusa, dejando ver aquel sujetador calado que parecía una celosía, y luego la falda granate que combinaba con el gris. Se quedó en braga negra que dejaba transparentar su pubis blanco. Por fin el alzó la mano, la tomó y la besó abrazándola, rodeándola con fuerza, apretándola, haciendo rozar sus sexos, ahora que todavía estaban de pie, y la busco la nalga que algún día hubo de ser sin duda extremadamente poderosa. Toda su fuerza manaba de ahí, de aquella nalga semicaída, redonda y grande, algún tiempo atrás musculada. Le retiró el sostén con fuerza. Entonces sintió miedo, pero no lo dijo. Hervía su sangre como lo hacía en el pasado, en aquella juventud que siempre se pierde. Aquel cuerpo entregado a aquel hombre bueno, que nunca le había hecho sentir la más mínima expresión del cariño. Sus pechos pequeños, menudos, eran barridos por el paso de aquella mano grande. Sus pezones se sensibilizaron, se hicieron gruesos, verticales, se expandieron con el calor, mientras sus manos finas de dama buscaban la nalga de aquel Tomás, simplemente para desprenderse de ella y sacar su polla al aire. Cayó a la cama con él, ya desnudo, -ella sólo con la braga negra-, tocando con su mano aquel pene grande y hermoso que quería chupar. Nunca había chupado una polla. Nunca tocado aquella proyección de la carne, cuyo sabor no debía de ser distinto de los labios. Él lo supo antes de que ella ensalivara inconscientemente los labios. Supo lo que quería. Por eso dirigió la cabeza a otro lado, dejándola generosamente en una intimidad que no quería invadir. Jimena, entonces, se incorporó un poco, lo justo para dejar la nalga posada en la cama, lo justo para poder alzar la cabeza, el cuerpo contorneado en torno a él como u

na serpiente, la cabeza por encima de aquel glande rosado que emergía de la negritud. Abrió la boca decididamente, pero sin ansiedad, saboreando el instante, ese preludio anterior al momento que colma el deseo, ese instante que uno desea que se haga eterno y que, sin embargo, existen para transformar un sueño en realidad. Finalmente, rodeó el glande con sus labios haciéndolo desaparecer del mundo, pero absorbiéndolo con una lengua que, ante su ausencia, procuraba recordar el dibujo de sus formas repasando su geografía. Chupaba con plenitud, con felicidad, mientras la mano del joven le recorría la nalga con un dedo, quizás pensando que más tarde, algunos instantes más tarde, le desprendería la braga, y, volviéndola de cara al techo, la tendría desnuda para también comérsela.

Ella se dejó recorrer el culo con aquel dedo que se entrometía en la braga, y luego, ante la insistencia de Tomás, se dejó volver y desnudar, mostrar su pubis blanco y hermoso, nieve sobre la montaña de la vida, y su coño ancho, de labios gruesos, algo caídos, algo ya marchitos como los pétalos de una flor moribunda. Bajó con su lengua, recorriéndola desde el cuello. Ella sintiendo algo nuevo, un temblor en el abdomen, sabiendo, pero sin exactitud, lo que iba a suceder. No estaba del todo húmeda, solo un poco, un resto del mundo anterior, pero sentía, y sus neuronas le hacían intuir expresivamente que retornaba a la juventud. Tomás se movía con agilidad, dotado de un cuerpo flexible como tenía, y de sus movimientos, cabía encontrar el roce del pene duro con alguna parte del cuerpo de ella. Llegó al pubis, que lo tocó con un meñique adornado con ese anillo dorado que hacía un poco de daño, y luego buscó el coñó para engullirlo, para simbolizar que ella ya era de él, para marcar su territorio. Lo ensalivó con todas sus ganas, penetrándola lingualmente en todas las direcciones, haciendo que su clítoris se agrandara algo, que se sintiera vivo, semilleno quizás, dispuesto. Cuando lo hubo saboreado y ella ya no dominaba el control de sus movimientos, se retiró un instante y luego, tomándose el pene con su mano derecha, la fue penetrando lentamente, abriéndola muy poco a poco, mientras sus ojos arrugados y viejos permanecían cerrados, quizás sintiendo, quizás dejando que el sueño antiguo abandonara, poco a poco también, la región de la mente donde viven esas cosas que parecen imposibles.

Tomás cabalgó sobre ella con miedo, casi como llevando un jarrón que pudiera romper. Ella había devorado un pene grande y musculado, no sin cierto esfuerzo, pero se sentía plena, sin necesidad de ningún orgasmo que tampoco hubo de llegar. Sí en cambio el de Tomás, que se corrió jadeando sobre ella, inundándola de semen blanco, caliente y sano, Jimena recibiendo aquella entrega como un bautismo antes de caer dormida en sus brazos, probablemente pensando que la muerte cercana, quizás, debería ser eso: plenitud.

Guillermo

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