HACER EL TRENCITO


La vida arma las historias y aquí las cuento para compartirlas desde el comienzo en la salida desde el Aeroparque de la Ciudad de Buenos Aires.

La sala de embarque estaba llena. Los pasajeros ante la demora se acomodaban donde podían: unos dormían con los bolsos agarrados, otros jugaban con los celulares, algunos sacaban las laptops y hacían lo que querían. Yo, solamente me entretenía en observar como un vouyear que trata de descubrir los objetivos ocultos de un viaje. Soy Patricio Alonso (25) y voy a conocer a recorrer Cuzco y conocer al amigo Aarón que me calienta en el Chat con sus preguntas inquietantes todas las noches. Soy bisexual activo y me gusta todo lo que sea divertido y seguro. Por ahora, solamente voy a entrenar, en las montañas de Bariloche.

Al lado mío un joven de traje sport abre su laptop y pasa a revisar los contenidos de sus archivos. De pronto no puedo ver la pantalla ya que cierra un poco la tapa y sentándose frente a mí me resulta imposible; detrás de él, solamente una pared opaca y el vidrio de una ventana que da al vacío o sea nadie detrás. Pero, en un reflejo, veo que él ve algunas imágenes de modelos o de poses con gente no muy vestida. Esto me divierte porque él es pulcro, se muestra serio, con ropa elegante y unos 20 a 24 años. Si entrecierro mis párpados y me hago el somnoliento puedo imaginar o ver como algo se infla en su entrepierna, presionando la tela, como si reviviera para un amanecer prometedor. Sí, una verga de más de 20 cm está creciendo sin que la toque.

Estaba en esto cuando llaman histéricamente a embarcar de inmediato.

-Me ayuda -dice mi vecino cibernético. Tengo todo disperso.

-Sí -dije mientras tomaba la valija de la laptop, el celular, y un porta trajes. Realmente, tengo sólo una mochila con los documentos y los pasajes.

-Me llamo Andrés y me manda la empresa a una capacitación en Bariloche -dijo a modo de presentación. Usted, ¿va también para el sur?Sonreí y dije que sí, ya que íbamos en el mismo avión, sin escalas, y en asientos contiguos.

-Soy Patricio Alonso -comenté dando una salida amable a una pregunta tonta. Entreno en Bariloche a un grupo de andinistas para una salida grande a Cuzco, el Valle Sagrado y Machu Picchu.

-No apagué la compu y aquí no se puede usar -dijo Andrés. Cuando abrió la tapa y mientras buscaba el botón de apague, vi que la pantalla tenía la imagen de tres muchachitos, desnudos, “haciendo el trencito” o sea con la pija clavada en el culo del otro.

-Me encanta “hacer el trencito” -le dije a mi sonrojado compañero que aún no lograba apagar la imagen. Después enfundó la laptop en la valijita y se acomodó respirando hondo.

El avión carreteaba en el despegue.

-No te olvides el celular y metí mi mano, sin darle tiempo, entre su entrepierna y el asiento donde estaba sujetado con el cinturón -dije.

-Soy perdedor de cosas -dijo Andrés como disculpa, bajando los ojos como abochornado.

-Yo voy a compartir una cabaña en los altos de Colonia Suiza -dije -Yo voy al Hotel Dupuyen sobre la costa del lago -dijo Andrés animándose.

-A veces bajamos al lago para tomar una cerveza y ver chicas -llevando el diálogo, mientras deslizaba mi mano sobre la de Andrés debajo de la bandeja donde estaba el snack. El dejó su mano quieta.

-Me gustaría hacer mover un poco los músculos y conocer la cabaña -dijo Andrés.

-Aunque las reservas están completas por lo que me dijeron, si venís, te voy a hacer un lugarcito -dije volviendo a acariciar la mano no visible por la bandeja. Esta vez, él tomó mi mano y la complicidad estaba sellada.

-Necesito aire fresco y libertad -murmuró Andrés. También tengo interés por el “ferrocarril”…, desde chico coleccionaba locomotoras, vagones, furgoncitos, estaciones, etc., para armar un paisaje.

Cuando aterrizamos, recogimos el equipaje y antes de salir del aeropuerto, fuimos al baño para orinar. En los mingitorios, le mostré mi pija diciéndole: ¿Qué te parece este enganche para tu vagón? -Hermoso, grande y sublime -dijo Andrés poniéndose rojo y sin poder m

ear por la tensión de mirar sin que lo vean.

Nos separamos porque teníamos destinos distintos. Lo seguí con la vista y un cuerpo bien alimentado y armónico de 22 años, merecía la atención. El se daba vuelta para mirarme, mientras se alejaba. Esa noche, mientras llegaban los del equipo, yo bajé a su hotel. Mi presencia no lo sorprendió y me pidió que subiera a su habitación.

-Tengo poco tiempo porque en la cena debo coordinar las exposiciones -dijo Andrés intentando besarme, hablar y sacarse la ropa al mismo tiempo. Tenemos diez minutos.

-Bueno, pero voy a ser un poquito rudo -dije, mientras lo tiraba boca abajo sobre la cama. Escupí mi saliva sobre su pequeño agujerito, me puse el profiláctico sobre mi pija endurecida, cerré sus piernas para que las nalgas estuvieran tensas y encaminé el “misil” hacia su objetivo. El roce era intenso y se quejó antes de que lo penetrara. Después lo hice con constancia y suavidad, aunque sus manos se agarraban del colchón, chillaba como si lo estuviera castigando y pedía que llegara al fondo para que dejara de sufrir. Era virgen y su esfínter largó unos hilitos de sangre. A los siete minutos ya no había resistencia y su llanto se hizo silencioso y agradecido. Me vestí, mientras lo besaba y lo consolaba. A los diez minutos estaba despidiéndome en el pasillo, mientras su carita congestionada por los besos, las caricias y el sexo me demostraban que me amaba.

Al día siguiente volví y estaba con su grupo. Lo quería comer a besos, pero disimulé. Tomé asiento en el fondo de la sala hasta que concluyó su trabajo. Me enteré que la capacitación era de tres días, mientras mi entrenamiento en la montaña era de una semana. En un aparte para el café, nos metimos en un guardarropa vacío y nos besamos. Quedamos en que era mejor que viniera a mi campamento, donde le daría un saco de dormir, después de terminada toda la capacitación.

-No te olvides del “trencito” -me dijo, mientras me sujetaba para que no me fuera.

-No. No me olvido de nada, por lo que estoy ardiendo -dije, conteniéndome para no comenzar algo dificultosamente controlable. Tenía en mi mente el pequeño ano de Andrés antes de que lo cogiera y su hermosa flor abierta y distendida después que lo penetrara, muy salvajemente.

Un par de días después, Andrés se instaló en mi cabaña, donde habíamos previsto un saco para dormir. El resto del equipo lo acogió bien y le prestó el equipo necesario para que nos acompañara en las salidas y caminatas. Andrés tomó color con la respiración forzada de la marcha, con el sol que pedía protector solar y por el aire oxigenado de la montaña. Al regreso de cada día nos bañábamos todos juntos para aprovechar el agua caliente y el ambiente climatizado. Allí, sin prejuicios, todos exhibían sus cuerpecitos de fuerte vitalidad y hambrientos de cariño. Sólo cinco éramos gays o bisexuales confesos y compartíamos una cabaña para permitir que los demás estuvieran cómodos también. El respeto era la base de la convivencia. Desde la primera noche, Andrés dormía conmigo en una cama de plaza y media que nos daba la proximidad que necesitábamos para hacernos cariños sin escándalos, ni burlas. En las noches finales, que no llovía, encendíamos un fogón alrededor del que compartíamos un cabrito asado, buen vino, bailes de prendas y las anécdotas. En nuestra cabaña propuse “hacer un trencito”. Javier, primerizo, sería la locomotora. Marcelo me dijo que le gustaba la cola de Javier, con quien había hecho buena amistad. Sebastián venía de una separación de pareja con lo que estaba bajoneado y necesitaba algo tierno que lo reanimara. Después vendría mi Andrés con mi enganche clavado en su trasero. La pija de Andrés no era despreciable y enganchada en profundidad dentro de Sebastián lo movía a su gusto. La sensibilidad de algunos pasaba de la ensoñación y ligeros temblores que estimulaban la sensualidad de todo el “tren”.

Hacer el acople de a dos era lo ideal para lubricar bien algunos agujeritos que habían perdido elasticidad. Armar la formación era un arte de coordinación para profilácticos y mamadas previas. No éramos promiscuos, sino que nos divertíamos “haciendo el trencito” para después volver a la fidelidad de nuestras parejas…

Andrés hab&

iacute;a perdido todo su acartonamiento y desde la primer “trencito” le hice el culito dos o tres veces por día. Su ano y su recto eran como una vagina, cuando previamente le hacía una lavativa para limpiarlos. Quería que llegara al clímax si era posible antes de que terminara el entrenamiento y, con orgullo de macho, creo que lo logré en un par de oportunidades. Mordía la almohada y me pedía lo penetrara más profundo.

Ahora, estamos programando la salida a Lima-Cuzco y seguro que Andrés me acompañara. Quizá agreguemos un vagón nuevo al “trencito” con Aarón. Eso dependerá de que, siendo mayor de edad, elija lo que su corazón le pide.

Autor: PATRICIO ALONSO patricioalonso2003 (arroba) yahoo.com.ar

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Escrito por Relatos co1461.ru

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